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Adiós


"Adiós". Dani susurró la palabra fatídica en el oído de Laura, en medio del silencio de la calle Mayor sólo interrumpido por el ruido del motor del taxi que le esperaba. Arrastró su equipaje hasta el maletero del vehículo.

Ella le ayudó a colocarlo y después se miraron un instante. Breve pero intenso. Una fina lágrima recorrió la mejilla de Laura. El silencio se hizo aún más fuerte mientras sus ojos se cruzaron en aquella milésima de segundo.

Él le limpio la mejilla húmeda para luego besársela, y la abrazó fuerte. Empezó a lloviznear. Dani se deshizo lentamente de los brazos de Laura, abrió la puerta del coche y se sentó sin volver la vista. "Adiós". Laura también se despidió, pero el taxi ya estaba a punto de doblar la esquina.

La conversación de las hojas secas


Un rectángulo de césped me llevaba en volandas por el cielo, a media altura, y las ramas de los árboles rozaban mi cabellera mientras la sensación de levitar se hacía más y más intensa. Observando mi gozo, dos hojas secas quisieron unirse a la fiesta del jardín de la alegría y se montaron en la alfombra voladora de hierba fresca que me conducía haca un destino todavía desconocido.

Les pasé mi 'cohete' biturbo y entonces dieron rienda suelta a su elocuencia. Nunca dos hojas que vivían sus últimos días de vida habían tenido semejantes ganas de hablar. Me contaron sus problemas. Sufrían la presión del cambio climático, quien, poderoso y sin escrúpulos, reducía sus otoños par dejarlas caer antes de los árboles y acelerar su placentera muerte.

Siguieron hablando sobre el proceso de secado y dándome las gracias por haberles dado cobijo en mi vehículo planeador. Pero yo, enmimismado por mi estancia en el jardín de la alegría, no controlé mis impulsos. Para cuando me quise dar cuenta, las había estrujado a ambas. Sus pedacitos se colaron en una ráfaga de aire que las llevó a algún lugar del firmamento.

Entonces, despegué con mi alfombra mágica en el suelo y me di de bruces contra la realidad, la realidad de los mareos, la falta de azúcar y mi tez blanquecina...

Desperté (1)


En medio de un sudor agobiante y enredado en las sábanas azuladas de la cama, desperté sobresaltado en mitad de la noche. La lluvia golpeaba fuertemente en las viejas persianas de madera roída, y daba a aquel instante de incertidumbre un hilo musical algo irritante, pero que me hacía volver a la realidad. La sensación que fue efímera.
Casi sin pensármelo, miré hacia la puerta y entonces un intenso escalofrío me recorrió el tronco desde el estómago hasta el corazón, que en aquel momento parecía querer huir despavoridamente del pecho en el que palpitaba cautivo. La puerta estaba abierta, sí. Como en la pesadilla, igual que en aquel mal sueño, donde pasaban personas por la entrada de mi habitación sin parar, cada cinco segundos. Y me miraban.
Ahora no pasaba nadie, pero la puerta estaba abierta, exactamente en el mimo ángulo que en mi mundo onírico. Seguía lloviendo violentamete, pero yo ya no podía volver a dormirme... (continuará)