Un rectángulo de césped me llevaba en volandas por el cielo, a media altura, y las ramas de los árboles rozaban mi cabellera mientras la sensación de levitar se hacía más y más intensa. Observando mi gozo, dos hojas secas quisieron unirse a la fiesta del jardín de la alegría y se montaron en la alfombra voladora de hierba fresca que me conducía haca un destino todavía desconocido.
Les pasé mi 'cohete' biturbo y entonces dieron rienda suelta a su elocuencia. Nunca dos hojas que vivían sus últimos días de vida habían tenido semejantes ganas de hablar. Me contaron sus problemas. Sufrían la presión del cambio climático, quien, poderoso y sin escrúpulos, reducía sus otoños par dejarlas caer antes de los árboles y acelerar su placentera muerte.
Siguieron hablando sobre el proceso de secado y dándome las gracias por haberles dado cobijo en mi vehículo planeador. Pero yo, enmimismado por mi estancia en el jardín de la alegría, no controlé mis impulsos. Para cuando me quise dar cuenta, las había estrujado a ambas. Sus pedacitos se colaron en una ráfaga de aire que las llevó a algún lugar del firmamento.
Entonces, despegué con mi alfombra mágica en el suelo y me di de bruces contra la realidad, la realidad de los mareos, la falta de azúcar y mi tez blanquecina...
La conversación de las hojas secas
Posted by : Mikel Arilla on
lunes, 15 de diciembre de 2008
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Etiquetas:
El jardín de la alegría
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